¿Dieta o deporte? la clave de la salud está en el equilibrio

Ni cualquier actividad física ni cualquier dieta, lo importante es lograr el equilibrio energético

Puede que esta sea la época del año en la que el bombardeo por ponerse “de buen ver” de cara a la playita o la piscina sea más intensivo. La “operación bikini” llena las revistas de todo tipo de dietas milagro, donde en pocos días, y sin esfuerzo, puedes quedarte como un figurín. Pero como cada uno barre para su casa, los gimnasios también aprovechan para hacer su agosto con ofertas low cost, programas especializados y todo tipo de máquinas que, de estar en la Edad Media las estaría usando Torquemada. El caso es que cuando la gente se pregunta si dieta o ejercicio, o si las dos cosas, lo que en realidad quiere saber es el nivel de esfuerzo y voluntad que le va a costar cada cosa. Quiere saber si hay una dieta en la que pueda comer de todo sin engordar, y si hay un ejercicio que le haga moldear la figura sin sudar. Y la verdad es que eso no existe.

Equilibrista

 

Lo que se logra sin esfuerzo, se pierde con dolor. Vamos, que si por falta de voluntad y esfuerzo se cogen unos kilitos de más (o unos kilazos) o tienes la tensión y el colesterol por las nubes, perderlos luego no es tan fácil, a menos que uses justamente el sistema contrario; más fuerza de voluntad y más esfuerzo. Cuanto antes se asuma esta realidad, antes podremos dejarnos de tonterías y mirar la verdad de frente. Todo en el Universo tiende a la entropía. Y el ser humano no está exento de las leyes del Universo por mucho que quiera sentirse especial. Si no se hace el esfuerzo de cuidar algo, sólo con no hacer nada va, irremediablemente, a peor. No se queda igual, va a peor. Así que hay que poner una dosis de energía en movimiento para mantener la salud, porque la salud no es algo que se tiene y ya está. Es algo que se mantiene. Y dicho esto, podemos entrar a valorar un poco mejor el estudio que recientemente ha publicado el Colegio Americano de Medicina Deportiva, en el que se analizan no sólo las causas, sino también los medios para atajar el alarmante crecimiento de la obesidad en EE.UU. y en el mundo. Problema que ahora afecta con más frecuencia a la población infantil. Algo que duele mucho más si se piensa en esa otra parte de la humanidad que padece y muere cada día a causa del hambre. Aunque dado el orden de prioridades del mundo, es mucho más caro para el sistema hacer frente a las enfermedades que originan los excesos que desentenderse de los cadáveres generados por los “defectos”. Con las cuentas sobre la mesa, la necesidad de acabar con la obesidad está clara.

La clave, según los investigadores, está en el equilibrio. En el balance energético. Alimentos y ejercicio mueven energía, pero curiosamente el tiempo y el dinero son también formas de energía, y el funcionamiento en todos los casos es muy parecido. Si sale más de lo que entra estamos ante un desequilibrio, y si entra más de lo que sale, también. En el caso de la alimentación veremos a una persona obesa. En el caso del dinero a un rico. En cualquiera de los dos casos el desequilibrio genera enfermedad, y aunque uno prefiera ser rico que gordo, tarde o temprano el desequilibrio desemboca en una patología (orgánica o social, pero una patología). Aunque no nos demos cuenta, los mecanismos que rigen las cosas no difieren mucho, y ese equilibrio al que hacen referencia los investigadores es vital no sólo para preservar la salud, sino cualquier otro aspecto de nuestra vida. En lo relativo a este trabajo, distintos expertos de campos como la nutrición, la dietética o el ejercicio se reunieron para identificar desde los cambios biológicos a los estilos de vida o las modificaciones medioambientales que pueden ayudar a las personas, y en especial a los niños, a alcanzar y mantener un equilibrio energético que les permita mantener un peso saludable.

Las dos caras de una misma moneda

Para evitar llegar a la edad adulta arrastrando problemas de salud a causa de la obesidad, de los que luego es demasiado difícil desprenderse del todo, los investigadores están de acuerdo en que el momento de intervenir en el proceso es justamente en la infancia. Momento en el que se consolidan muchos hábitos (saludables o nocivos) que incidirán en una vida adulta con menos problemas médicos. Sin embargo, poder intervenir a edades tempranas implica más de lo que parece a simple vista. Es necesario implicar a muchas capas de la sociedad, desde los educadores a la propia familia, para que las medidas que se adopten sean realmente efectivas. La preocupación sobre esto es general, pero no es tan fácil educar a un niño en hábitos alimenticios y de actividad física si en casa no se apoya (y da ejemplo) de esto.

En EE.UU. (aunque parezca que nos pilla lejos, la verdad es que sus malos hábitos de vida están calando con alarmante facilidad en el resto de países de lo que se llama primer mundo, así que nos merece la pena ver qué hacen para arreglar las cosas que rompen) lo habitual para tratar el tema de la obesidad es enfocarse en la reducción de la ingesta calórica, en el aumento del gasto energético o en la combinación de ambas. Y aunque en general este sistema surte efecto, lo cierto es que los resultados no son tan altos como cabría esperar, y se observa que no todos los pacientes responden de la misma manera a los mismos tratamientos. El fallo parece estar en que ambos elementos se tratan por separado, y no como parte de un conjunto. Se trata de dos caras de una misma moneda, y no es posible enfocar la una sin tener en cuenta la otra.

Tal y como explican los investigadores, el balance de energías es dinámico, no estático, por lo que la alteración de uno de los componentes afecta los cambios fisiológicos y biológicos de formas impredecibles. Se sabe, por ejemplo, que el peso corporal está regulado por factores genéticos, metabólicos, ambientales, sociales y de comportamiento, pero según la persona, la modificación de estos factores inclinarán la balanza en un sentido o en otro. Por eso, la tarea de regular la energía no es tan sencilla, porque no se puede aplicar una regla estándar a todo el mundo por igual. El cálculo de que un déficit de 500 kcal al día supone una pérdida de medio kilo al cabo de una semana es demasiado mecanicista y erróneo en buena parte de los casos. A la hora de ajustar el peso, hay también que ajustar la energía, la que entra y la que sale. Y en eso intervienen no sólo la cantidad, el tipo y los tiempos de ingesta, también la intensidad, frecuencia y tipo de actividad física.

El poder de los pequeños cambios

Al hablar de deporte no nos estamos refiriendo a los federados, o a los de competición. Simplemente hablamos de actividad física. Igual que una alimentación saludable, cierto nivel de actividad física es imprescindible para mantener la salud y reducir el riesgo de enfermedades. A pesar de esto, no es fácil concienciar a la ciudadanía sobre esto, y las políticas estadounidenses de motivación están chocando de frente con la barrera del sedentarismo. Incluso aunque se trate de una actividad física reducida. Al parecer sería más fácil hacer que una persona obesa se alimentara un mes a base de lechuga que lograr que paseara media hora al día.

Respecto al estilo de vida, la gran cuestión que se plantean los investigadores no es ni qué dieta o actividad hacer, ni siquiera cuánta cantidad de cada cosa, sino cómo lograr que el estilo de vida de cada persona sea sostenible. Sobre esto han descubierto algo simple pero de vital importancia: el poder de los pequeños cambios. En lugar de enfocar alimentación y actividad como cambios a los que enfrentarse sin más, resulta más eficaz para las personas enfrentarlas física y psicológicamente a cambios pequeños pero constantes. Si en lugar de intentar que una persona pase de tener su silueta grabada en el sofá a convertirse en corredor de maratones se le plantean pequeños retos que pueda asumir, el paso a un nuevo reto será mucho más sencillo y motivador. Aunque incluso este método exige que la persona encuentre una razón que la convenza o, lo que es lo mismo, su propia motivación para emprender esos pequeños cambios de comportamiento y alterar, poco a poco, el orden de sus prioridades.

Algo que parece motivar mucho a los americanos es toda esa historia de la competencia exitosa en el mercado laboral, así que dentro del estudio, además de plantear el entorno laboral como uno de los actores implicados en el cambio de hábitos poco saludables, se refuerza la idea de la relación entre una buena educación en la infancia y juventud para alcanzar una mejor posición laboral en el futuro.Educación, entendemos nosotros, como capacidad de desarrollar en las personas los valores y capacidades necesarias para enfrentarse con éxito, no al puesto de trabajo, sino a sí mismos, a sus propias debilidades, frustraciones, defectos o enfoques incorrectos (y dolorosos) de la vida. Algo también “muy americano” que están empezando a entender como factor de fallo del sistema cuando el resto del mundo aún aspira a convertirlo en su modelo.

Como decíamos antes, conviene seguir de cerca cómo son capaces de solventar los problemas que ellos mismos han creado, fomentado y exportado (con gran aceptación y alegría, por cierto). Porque al ritmo de borreguismo al que vamos, nos va a hacer falta dentro de muy poco.

Ver Artículo en www.teknlife.com

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